Diario de un caminante (19/09): ‘Haïssa’

Fuente: Diario de un caminante

 

Haïssa tiene diecinueve años y habla castellano, catalán, francés y un poco de inglés. Se unió a nuestra marcha, esa que llaman “Meseta”, el fin de semana pasado en Tours. Es modesta, un tanto vergonzosa y aunque es sociable y carñosa tiene un punto de tímida: cuando le pedimos que hiciera de traductora en una asamblea ella respondió que vale, pero que tuviéramos paciencia porque lo de la traducción se le daba mal. Era la primera vez de las muchas en que la vería sonreir a lo largo de los nueve días que ha estado con nosotrxs.

Que se le daba mal traducir… xD Desde el primer momento, y haciendo alarde de simpatía, juicio y buen talante, frenaba el parlamento de cualquiera para evitar que se acelerase y poder así traducir con escrupulosa literalidad. Su madre es francesa, y según mi amigo Adrián Haïssa habla realmente bien. “Casi sin acento”, dijo literalmente. También ayudaba a la moderación, atajando en seco cualquier guirigay asambleario.

El día siguiente a su llegada amaneció con lluvia, un campamento arrasado y una marcha de treinta y ocho kilómetos por delante. Y Haïssa, como yo y como muchos otros, se calzó sus botas y su impermeable y echó a andar bajo el aguacero. Ella no tenía ninguna experiencia, pero había venido a caminar y a currar y, si la dificultad para encontrar información sobre nosotrxs en internet, evidencia de nuestra colectiva chapucería, no la había echado para atrás, no lo iba a hacer una vulgar tormentilla.

El día día fue, en definitiva, demasiado duro para asambleas, pero gracias al Polaco sí que hubo cocina. Se comió, se ensució por tanto, y después la pequeña Haïssa, que a la sazón y a esas alturas se sabía ya los nombres de casi todxs, se arremangó la chaqueta y fregó los cacharros.

No hacía veinticuatro horas que la conocía, y yo ya la adoraba, y durante los siguientes días ella mantuvo su actitud, su sonrisa y su carisma.

Le costaba andar. Un bautizo de casi cuarenta kilómetros bajo la lluvia le destroza los pies a cualquiera, y a ella le salió una buena ampolla en cada dedo pequeño, y otra muy fea en la almohadilla del izuierdo, entre el dedo gordo y el segundo. Quizás por ello, y por la falta de costumbre, cada día la pobrecilla ha sido, junto a la francesa Justine -de dieciocho añitos y que también anda lo suyo- el miembro más lento de la manada; las dos salían con todxs, o al menos con el grupo mayoritario -lo cual también es cumplir con una responsabilidad-, pero siempre llegaban las últimas. Además, Haïssa asumió su tarea de traductora desde el primer momento y con la mayor seriedad, y estando ella en el campamento no se celebró ninguna asamblea, Popular o Interna, en la que ella no estuviese presente de principio a fin. Y  aclaro que el fin de una Asamblea Interna es algo que suele producirse entre las dos y las dos y media de la mañana y media docena o menos de personas agotadas y ojerosas entre un mar de durmientes que han abandonado el acto por uro agotamiento. Y la traducción de un idioma al otro, y del otro al uno, es un trabajo mentalmente agotador. A estas alturas he conocido a suficientes traductorxs para saberlo.

Y por fin llegamos a París. El encuentro con la Mediterránea -hablando de todo un poco- se produjo poco después de cruzar… uhm… no sé qué puerta de la ciudad -sinceramente-, y de momento todo lo que puedo decir de ellos es que hay gran abundancia de punkis -casi todos con el mismo tipo de cresta-, que se han currado unas cuantas pancartas muy guapas -eso es cierto-, y que de momento nosotrxs lxs de la “Meseta” -grrr.. Estúpido nombre.- no sabemos de qué van.

Total, que entramos en la ciudad de mani Intermarchas-París y nos juntamos todxs en la Ciudad Universitaria, donde montamos un tinglado de lo más chulo.

Así en plan de montaje, lo más llamativo la cocina; con Jack Sparrow, ex-”Meseta”, actualmente Mediterráneo y gran amigo mío, de coordinador superstar. Por algo tiene el mote que tiene. Amenazaba como siempre lluvia, y los de Infraestructura montamos, sobre la cocina, un toldo aceptable. Quién me iba a decir a mí, que no sé pegarle a un clavo, que un día me vería en Infra… :P En fin. Que además de Cocina y un intento de Infraestructura se reunieron un montón de comisiones más, y al menos la de Acción, que era la más grande con diferencia, debió de funcionar muy bien porque durante la posterior manifestación se hicieron -o se intentaron- un montón de cosas.

Y pasamos ya a la manifestación.

Tras los ineludibles dimes y diretes -un par de asambleíllas de tres o cuatro horas de nada, con Haïssa traduciendo-, se había decidido aceptar el recorrido propuesto y legalizado unilateralmente por París. Salíamos de la Ciudad Universitaria, recorríamos una infinidad de calles sosísimas y vacías, llegábamos a Notre Damme, y desde allí el recorrido cogía algo más de color hasta llegar a la Bastilla. Total, tropocientos kilómetros más después de la mani mañanera, que había sido de por lo menos cinco horas. Está claro que lo nuestro es arrastrar los pies, y parece que la gente lo sabe.

Tras resolver los asuntillos pendientes -la recogida del material de Infra-, salí de los últimos y en seguida me dirigí a la cabecera, que para eso he venido hasta aquí a pinrel desde Madrid. Aparte de los espontáneos de siempre sosteníamos nuestra pancarta Cristo, Marchoso incontestable con pleno al quince y cero etapas perdidas, Pepe, que le sigue de cerca con sólo una jornada de diferencia, y un servidor, que a pesar de ser el tercero quedo fuera de competición con siete días de descanso peatonal y un dolor en los pies que no se pueden ustedes ni imaginar. Y eso que yo, a diferencia de estas dos bestias andarinas, casi no he tenido ampollas.

La mani empezó bien. Empezó muy bien. Muy al principio una ola de euforia nos invadió, porque sí, y toda la cabecera estalló en una catarsis increíble que nos hizo gritar y saltar como posesos durante minutos. Con mil doscientos kilómetros en las piernas, y saltamos como gacelas :D

Total, que se nos subió el ánimo y, sin poder controlarlo, nos pusimos a andar como sabemos y, claro, no había quien nos siguiera, y menos en una manifestación. Un aviso, dos, tres, de que íbamos demasiado rápido, y de pronto alguien tuvo la gran idea: “Llamad a Pierrot”.

Pierrot se nos unió, creo recordar, cuando cruzamos la frontera, o quizás lo hiciera en Euskadi, durante mi baja forzosa por faringitis. Él no habla una palabra de español, y parece no recordar, o pasar completamente, del hecho de que casi ninguno de los españoles  habla francés, porque siempre que se dirige a nosotrxs lo hace con la mayor naturalidad y en su lengua materna, utilice el tono que sea. Y digo lo del tono porque Pierrot alterna las broncas más monumentales, blandiendo implacable su cayado, con las más conmovedoras muestras de afecto hacia nosotros, gente con la que apenas puede comunicarse pero de quienes dice que somos su familia, y que adónde va a ir él cuando la marcha acabe. Está un poco chalado, sí, pero sin duda ha sido uno de los personajes más queridos de nuestro grupo.

Pierrot tuvo un accidente de coche, y está mal de una pierna, lo que le impide andar al ritmo que impone una marcha como la nuestra, y también montar en bici. Pero él se empeñaba en andar a cualquier costo, y a voces exigía que alguien le acompañara. Pero todos los que lo hacían acababan lesionados -por marchar con Pierrot le salieron a Cristo sus ampollas-, y al final el propio Pierrot terminó por abandonar la marcha contra su voluntad, pero pienso que por el movimiento, en la ciudad de Poitiers.

La cosa es que Pierrot había venido a París para estar con nosotrxs durante la manifestación, y como de costumbre iba por detrás de todxs. Necesitábamos a Pierrot, precisamente porque era el más lento, y alguien fue a buscarlo. Con su bastón, su pañuelo en la cabeza, sus ojos maquillados y un sol amarillo dibujado en la mejilla, el loco de Pierrot, Comandante en Jefe de la manifestación indignada del 17-S en París, desbordama carisma por todos los poros. La punta de su vara golpeando contra el suelo marcaba el ritmo de los cantos, y cuando no gritábamos lo bastante fuerte él se daba la vuelta y nos abroncaba, amenazndo con su garrota, y nos exigía más y más hasta que quedaba satisfecho. Qué grande eres, Pierrot.

Y así, entre gritos y pintadas  con tiza, miles de pintadas con tiza en paredes y suelos, continuó la marcha. Digo la mani -es que no veas si era larga-. Los de acción iban delante, entre la cabecera en francés y la de la marcha, y llevaban a cabo precintados de cajeros automáticos, pintadas con tiza y rotulador, y otros actos abominables en los pocos bancos que no estaban custodiados por la policía. También hubo algunas performances.

El mejor momento para mí fue cuando un grupo de CRs completamente equipados echaron a correr desde una sede bancaria, para llegar a la más próxima antes que nosotrxs, y unos cuantos salvajes pintarrajeados de la Mediterránea se picaron con ellos en una carrera absurda a la que yo no pude por menos que pegarme el gusto de unirme. Y corrimos. Corrimos como galgos. Docenas de locos entre la gente, y luego por delante de la gente, y luego por delante de los polis, hasta que los dejamos a todos muy atrás y nos tumbamos en el suelo, sobre nuestras espaldas, para mostrarles a esos robocops nuestros pies al grito de “Estas son nuestras armas”. Dolía como mil demonios, pero cada uno de nosotros era un lobo que aullaba.

Luego me dijeron que lo de la carrera era una técnica de la policía para separarnos, como un cebo, y tal vez fuera cierto porque si por allí había alguna otra sede bacaria debimos de saltárnosla con las prisas y yo no la ví. Pero me importa un huevo, la verdad. Aquellos membrillos, armados como legionarios romanos, tuvieron que gastar suelas durante medio kilómetro o más, y nosotros les ganamos. Con mil doscientos kilómetros en las piernas, y corrimos más que ellos.

Todo empezó a torcerse con la lluvia. Llevábamos ya como cinco horas de larga manifestación, más de una hora de retraso para llegar a nuestro destino, donde nos esperaba gente, y lxs mayores y lxs niños de uno y otro lado comenzaban a abandonar, hartos los unxs de correr y lxs otrxs de esperar. Apretamos los dientes y el paso -ya costaba, por lo menos a mí-, y lo que llegó a Bastilla era algo que a duras penas podía identificarse como una manifestación: cientos de personas no en goteo, pero tampoco agrupadas, que de manera espontánea decidieron congregarse en la calzada de la rotonda, gritando, cantando, bailando y saltando bajo la lluvia ante la mirada impasible de centenares, miles, millones de antidistrubios CRs apostados por todas partes en apretadas hileras.

Con poco humor para tales demostraciones -la lluvia me derrota, lo confieso, me amarga por completo la existencia- me uní al jaleo sólo por seguir a Haïssa, que más que liarla -tampoco a ella le sienta bien la lluvia, creo- quería ver si se necesitaban traductorxs. Todo el día de manifestación, una hora bajo la lluvia, y ella sólo pensaba en trabajar.

Y entonces pasó lo del desalojo, o como quiera llamarse. La cosa es que al parecer el ayuntamiento sólo había dado permiso para que permaneciéramos en la acera y los antidisturbios, no sé si con intento de negociación o sin él, comenzaron a apretarse en semicírculo sobre nosotrxs empujándonos fuera de la calzada con la amabilidad de un ariete. Y donde había un empujón, allí estaba Haïssa. Al principio, traduciendo -¡traduciendo! ¡en medio de aquel follón!-, pero luego la violencia de los CRs le inflamó sobremanera los ovarios y en lugar de traducir se encaraba con esos tiarrones, les preguntaba, les exigía, amenazándoles con el dedo como una Valquiria furiosa agita su espada. Yo lo miraba todo estupefacto, y sólo acertaba a permanecer junto a la Furia, sobre todo por si se terciaba interponerse entre ella y algún golpe. Pero aquí la voz cantante la llevaba ella y yo sólo estaba de potencial saco de boxeo para emergencias. Joder qué carácter, la niña, con la sonrisa de buena que tiene.

En fin. Que nos sentamos en el suelo y pasó lo que supongo ya se sabrá: nos desalojaron como en Sol, el día 16 de Mayo. Sin excesiva violencia, que es lo que más me jode. La única herida, un pequeño corte en la cabeza, le tocó a Irati, pero según me ha contado fue más un resultado fortuito del forcejeo que un ataque deliberado. O sea, un codazo, o algo así, vaya usted a saber de quién.

A Haïssa y a mí la cosa nos pilló donde nos pilló, y allí plantamos el culo. Relativamente lejos de la primera línea. Pero, cada vez que agarraban a alguien -o sea, todo el rato-, ella se levantaba como una numantina y venga a gritar y a llorar. Y menos mal que nos tenía al lado a Cansino y a mí, que cuando se emocionaba más de la cuenta y se quería tirar, literalmente, de cabeza al fregado, la sujetábamos y tratábamos de tranquilizarla. Que te den de hostias por mantener lo que se dice una plaza, vale, aunque acabe unx descalabradx. Pero que te arrastren por los charcos por cuatro metros de adoquines de mierda, en plena noche y en una rotonda en la que no se para ni Dios… para mí no vale la pena, qué le vamos a hacer. Muy heroico, y tal, pero así sólo se emocionan nuestros fans españoles. Para los franceses y, lo que es más importante, para los medios franceses, lo que pasó ayer en la Bastilla fue una pachanga que no merece ni una nota a pie de página.

Hago constar, para que no se me acuse de insensible, la lista de a quiénes sé que arrastraron, ya fuera porque lo viese en persona o porque me lo han contado ellxs mismxs: Justine, Canario, Iris, Fernando, Pepe, Brian, Oyane, Mario, Dimitri, y por supuesto Irati. Y un montón  de compañerxs más, cuyos nombres por desgracia no conozco, de París, de la Mediterránea o venidxs de muchos lugares de Francia y de España. Honor a todxs ellxs, porque primero  les hicieron daño y después resistieron el cerco en la acera aún más empapados que yo y pasando un frío del carajo.

Y a Pierrot, mientras tanto, le dió un ataque de ansiedad de tales proporciones que se lo tuvieron que llevar en ambulancia.

Y poco más hay que contar. Al final el intentó de asamblea no funcionó ni de lejos, porque es lo que pasa cuando unx se asamblea bajo la lluvia, y terminamos todxs por ahí desperdigadxs. La mayoría de la “Meseta” en un polideportivo de un pueblo llamado Champigny, a las afueras de París, la mayoría de la “Mediterránea” en la misma okupa en la que se han metio hoy sin que aquí entendamos por qué, y todxs los demás hacinados en casas y pisos o vaya usted a saber dónde. Desde mi punto de vista, una derrota en toda regla.

Y hoy Haïssa se ha ido. Ha regresado a su pueblo de Valencia para continuar con sus estudios, y yo me siento aún más triste por eso que por lo de ayer, porque lo de ayer tiene arreglo. Pero Haïssa era dulce, lista, responsable y valiente, y tan buena traductora que, cuando al llegar a la Ciudad Universitaria se necesitaron este tipo de servicios, fue su nombre el que coreó toda nuestra marcha sin permitir al ponente de la Mediterránea hablar antes de que llegara. Era muy buena, joder, y eso va a ser mucho más difícil de solucionar.

Un besazo enorme, Pequeñaja, si lees esto, y gracias por estos nueve días maravillosos. Te voy a echar muchísimo de menos…

#marchestobrussels

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