Diario de un caminante (24/09): ‘La policía de París’

Fuente: Marcha Bruselas

Isabelle tiene cuarenta y seis años y un rostro típicamente francés, a medio camino entre lo mediterráneo, por las formas, y lo nórdico, por las tonalidades y el azul profundo de sus ojos. Tiene una expresión extraña, a medio camino entre la dulzura extrema y la severidad extrema, milita desde hace veinte años en grupos antiviolencia y, desde que las marchas llegaron a París, ha trabajado como un caballo.

Isabelle es una de lxs ciento cincuenta Indignadxs parisinxs. Es muy disciplinada, y no sale de casa sin su equipo: documentación, gafas de buceo, colirio, foulard para protegerse las vías respiratorias. Así están las cosas en París.

Aquí policías y gendarmes trabajan juntos y apenas se distinguen entre sí. En ambos casos, los encontramos de dos tipos:

Los ordinarios o “normales”, por llamarlos de alguna forma, que suelen ser los más mayores y de aspecto más común: pantalones y botas militares, polos de golfista, cazadoras y poco más, hasta donde yo he podido ver. Destaco, sin embargo, que muchos o todos cargan porras extensibles, un arma muy dolorosa que la policía española considera antirreglamentaria, y que por lo menos algunos llevan también, o tienen disponibles, pulverizadores de gas, arma que tiene el aspecto de un pequeño extintor gris y que funciona como cualquiera puede suponer.

Por otra parte tenemos a las Unidades Especiales, tan numerosas y variadas que no podré comentarlas en detalle. Hasta donde he podido ver, por el miedo que les tienen lxs compañerxs locales, los agentes pertenecientes a cualquiera de estas unidades tienen potestad para emplear cualquier tipo de violencia sin temor a represalias. Se subdividen en tres tipos:

Policías del Counter Strike: visten como GEOs de videojuego, con chalecos tácticos plagados de bolsillos. Cargan todo tipo de armas letales y no letales, desde pistolas de munición real hasta granadas que ruego a los dioses sean de humo, pasando por nightsticks -porras largas como las que usan los antidisturbios españoles-, tonfas -porras con agarradera en perpendicular al arma-, porras extensibles, dispensadores de gas, subfusiles de bolas y toneladas de munición. Llama la atención el hecho de que la mayoría de su armamento es del considerado no letal y por tanto, y en base a mi experiencia, creo que su función es más la represión de la población civil que impedir la comisión de actos verdaderamente delictivos o detener de sus perpetradores.

Sin pasar aún al siguiente grupo, quiero destacar también que estos policías emplean equipos y exhiben insignias que resultan absolutamente misceláneos, lo que significa que su aspecto resulta, en conjunto, mucho más próximo al de un grupo paramilitar que al de una fuerza policial regular. Algunos chalecos exhiben las palabras “Police” o “Gendarmerie” en letras blancas sobre fondo negro, otros lo hacen en letras negras sobre fondo blanco, otros llevan otros textos o símbolos, y en resumen creo que hasta ahora no he visto dos agentes con equipaciones completamente iguales.

El siguiente grupo especial son los CRs, los temibles antidisturbios. Como ya se sabrá, estos tíos descomunales, que actúan en grupos de centenares, van protegidos por futuristas armaduras de plástico duro de unos dos centímetros de grosor que también presentan entre ellas notables variaciones. A veces los brazales cubren todo el brazo, y a veces sólo los hombros. Las temibles espinilleras con rodilleras tienen diferentes diseños. Los chalecos, acorazados, tácticos o antibalas, parecen opcionales, y no parece haber dos iguales. También los guantes pueden ser diferentes, y los he visto de cuero normal y también con refuerzos de plástico para dar puñetazos. Las insignias y distintivos son también variables, y aunque la mayoría de estos agentes luce en la espalda grandes letreros con textos como “1A” o “4C”, que creo los señala como pertenecientes a tal o cual escuadra, otros lucen en el mismo lugar textos o símbolos diferentes. Casi todos los policías negros u oscuros que he visto pertenecían a estas unidades.

Quedan, por último, los policías de paisano. Los únicos con los que he tratado, aparte de la simpática pareja que nos perseguía desde que cruzamos la frontera, formaban un grupo de fornidos jóvenes, unos veinte, todos rapados, que aparte de ir armados con los mismos y variados elementos que ya he descrito se identificaban, únicamente, mediante un brazalete rosa fluorescente con la palabra “Police” bordada en letras negras. Dichos agentes no sólo se negaron a mostrar sus placas o identificaciones ante ninguno de nosotrxs, comportándose en todo momento como verdaderos skin-heads, sino que de hecho cuando se montaron en sus coches salieron de nuestra presencia haciendo chirriar, como vulgares macarras, las ruedas de sus vehículos.

Cabe destacar también, y refiriéndome al conjunto de todas las unidades especiales descritas, que sus integrantes rara vez sobrepasan los treinta años, que son casi todos hombres, que más de la mitad de ellos van rapados, que casi todos están mazados de gimnasio y que su aspecto general recuerda, muchísimo, al de los porteros de discoteca de mi Madrid natal, que eran precisamente el caldo de cultivo de la temida, fascista y corrupta policía local marbellí de tiempos del GIL.

Establecido que su aspecto es más propio de matones de videojuego que de verdaderos policías, se hace necsario hablar de sus órdenes y procedimientos de actuación:

El día 17, en La Bastilla, no les importó lo más mínimo el hecho de que tuviéramos autorización para estar allí. Además eran centenares, probablemente más de mil, en un día en el que además de nuestra manifestación se celebraban en París la jornada de puertas abiertas de los monumentos de la ciudad, la Fiesta de L’humanité (trescientos mil asistentes) y la Tecno-Parade (otros trescientos mil).

El día 19, en Saint Germain, nos dieron el alto a base de gases y sin avisar, después de haber cruzado toda Francia sin un sólo incidente y sin tener, en aquél momento, un triste pie fuera de la acera.

Desde entonces se nos han prohibido cosas como estar juntos en la calle, andar por la calle -en fila india, sin pancartas, sin gritos y respetando las señales de circulación-, separarnos del grupo o permanecer en determinados puntos de la ciudad. Todo ello, créanlo, en el sentido más literal de las afirmaciones.

Por ahorrar a lxs lectorxs el tedio de cada detalle, pasaré ya a las dos tracas finales del presente informe:

El día 21, como es sabido, nuestro grupo fue objeto de una nueva detención masiva frente a la Bolsa de París. Entre lxs detenidxs, como también es sabido, había un grupo de doce francesxs y una venezolana -ni un español, qué casualidad-, a los que posteriormente se acusó de haber causado destrozos en la furgoneta en la que se los había encerrado. Lo que creo que no es tan conocido es el hecho de que ese grupo en particular era uno de los que no se había sentado en el suelo para resistir el acoso policial, precisamente porque sus integrantes son más tranquilos que los que sí se sientan.

En otras palabras: lo de los destrozos en la furgoneta es, simplemente, mentira. Conozco a lxs detenidxs y sé lo que digo.

Para quienes aún duden, terminaré el presente arículo contando una historia que venía oyendo desde que entré en Francia, pero que no terminaba de creerme hasta que me la contó Isabelle, que estuvo presente. Ahora, con esta referencia y con todos los detalles, sé que es completamente cierta:

Hace tres meses, o cosa así, los Indignados de París trataron de celebrar una asamblea junto al Sacre Coeur, una hermosa basílica situada sobre una loma, cerca de Mont Martre, que es objetivo permanente de los millones de turistas que acuden a París durante todo el año. Como de costumbre, el pequeño grupo fue rápidamente cercado y sometido a identificación. Lo increíble de la historia es que, para ocultarlo todo de la opinión pública, la policía desalojó de turistas toda la zona y, a continuación y para dar veracidad a su versión, colocó y detonó un artefacto explosivo. ¡Una bomba! ¡La policía de París pone bombas!

Conclusiones:

En París, la policía no sólo hace cumplir la ley, sino que también la escribe, decidiendo en cada momento y situación lo que es legal y lo que no lo es.

Cientos o miles de sus agentes están exentos de la obligación de identificarse.

Impiden, a discreción y de manera sistemáticamente violenta, la circulación por la vía pública.

Difunden mentiras y falsedades sin ningún miedo a las consecuencias.

Utilizan armas químicas contra población civil no violenta.

Ponen bombas.

Sinceramente, si esto no es un estado fascista, no sé qué puede serlo…

#marchestobrussels

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